TRAMPOLÍN Y COLUMPIO (Un cuento apto para niños de 11 años en adelante)

Estaban Trampolín y Columpio cómodamente sentados de pie en su casa de campo rodeada de bloques de viviendas, contemplando una interesante película policíaca con la televisión apagada, cuando de pronto se interrumpió la emisión del programa de radio para dar la trágica noticia: Karina, la famosa cantante aviadora, hija de un rico magnate dueño de una extensa plantación de pipas de fumar, había desaparecido con su avioneta cuando trataba de batir el récord de vuelo sin gasolina entre los océanos Índico y Atlántico. La torre de control de la iglesia del último pueblo por donde había sobrevolado el aparato, indicaba que en el momento de su desaparición surcaba los cielos del desierto de Sahara, por lo cual se creía que éste era el lugar sobre el que pudiera haber caído. El presentador decía también que tomáramos leche de vaca entera, porque si a la vaca le falta la mitad, mal asunto. Bueno, en realidad esto de la leche era una coña publicitaria. Volviendo a la desaparición de la niña, el hombre afirmaba compungido que habían salido millones de aviones de papel en búsqueda de la pequeña. Hasta ahora el rastreo había resultado infructuoso por lo cuál "persistían las labores de búsqueda y rastreo."

Después de esta terrible noticia, el periódico reanudó su programación normal como si nada hubiera ocurrido, pero Trampolín y Columpio estaban muy preocupados porque les habían pillado copiando en el examen de matemáticas y porque eran dos niños muy buenos que se preocupaban mucho por todo: por la subida del IPC, por los malos resultados obtenidos por el saltador de pértiga Búlgaro Saltovich, por lo lejos que estaba el sol de la tierra... En fin, que eran muy sensibles, vaya.

"Pobrecita", dijo Trampolín apeinado.

"Se jorobe, por tonta. ¡A ver quién la manda a ella! Es que la gente tiene unas ganas de complicarse la vida... Y de llamar la atención. Podía haber salido de excursión al campo con su mochilita y su gorra de visera como hacen los niños normales. Pues no, tuvo que ser en avión."

"Vamos, no digas eso. ¿Tú crees que la encontrarán?"

"La Esperanza es la última que se pierde", dijo Columpio. "Según ha dicho el señor de la tele, el tráfico aéreo sobre el Sáhara debe de estar en estos momentos colapsado de la cantidad de aviones que sobrevuelan el desierto en pos de la niña. Y seguro que mandan también perros policía sin nariz."

"¡Dios te oiga! Con un poco de suerte, habrá caído en una tribu de caníbales vegetarianos", exclamó Trampolín lleno de espanato.

"No seas bruto. En el desierto hay árabes que van montados en camellos, pero no son caníbales. Comen dátiles."

"Pues eso, dedos. ¿Acaso a los dedos no se les llaman también dátiles? Y cuando la policía atrapa a un delincuente le toman las huellas datilares."

"¡Anda que no eres iginorante ni ná...! Los dátiles son los frutos que producen las palmeras; tienen un hueso alargado y empalagan de lo dulces que están."

"¡Menos mal!", suspiró aliviado el ratoncito. "De todas formas no estoy tranquilo aquí, esperando noticias sin hacer nada. Y estoy pensando... Vamos, que siendo tú un piloto tan bueno como eres que sólo te has estrellado cuatrocientas veces..."

"Cuatrocientas una, perdona que te corriga."

-No, perdona tú, pero "corrija" se escribe con "jota" de "Zaragoza."

-Está bien. No vamos a discutir por un simple quítame de allá esa "jota". Volviendo al tema de Karina, ¿no podrías...?"

"Es fantástico. Yo no estaba pensando lo mismo que tú, fíjate lo que son las cosas", dijo Trampolín. "Si estás dispuesto, Columpio, saldremos hoy mismo en mi avioneta."

"Sabía que dirías que sí. Vamos, no hay tiempo que perder, amigo."

Y cogiendo los mapas de vuelo al vuelo, Trampolín y Columpio se dirigieron rápidamente al hangar, donde guardaban el aparato.

"¡Qué suerte haber hecho ese curso de pilotaje por correspondencia!"

"Pues me apunté porque te regalaban la avioneta al hacer la matrícula; de no haber sido así, habría optado por el de peluquería."

"En ése te daban gratis las tijeras, ¿verdad?"

-Pues sí. Espera que me sitúe. El pedal del centro era el freno. ¿O no? Ahora que lo pienso, ése es el del acelerador. En fin, qué más dará frenar que acelerar, digo yo. Y esta palanca de aquí, ¿qué era? ¡Ah, sí! El freno de mano. Y el botón de las luces. ¿Ves? Para arriba son las largas y para abajo, las cortas. Y aquí está el mechero. Si le das para arriba te sale el cigarro encendido y si lo haces para abajo te dice: "guarro, no fumes."

"Trampolín."

"Dime."

-¿Te pego la "ele" en el cristal?

"Sí, anda, que luego me para la policía como sucedió el otro día y te ponen una multa de no te menees. Que no te menees porque este chisme se escora hacia un lado."

"¡Uy, perdona!"

"Jo, Columpio. ¡Qué fatalidad! Se le ha caído un ala."

"¡Hala!"

"Sí, sí. Eso he dicho. Un ala."

"No pasa nada. No vamos a arrugarnos por tan poca cosa. Agitaré el brazo con energía y asunto arreglado."

"Pero es que a ti te falta precisamente el derecho, que es el del lado lesionado."

"Tienes razón. ¡También es casualidad! Ya lo tengo: me sentaré mirando para atrás y agitaré el izquierdo."

"Eres un genio genial, Columpio. Tienes soluciones para todo. Nada hay imposible para ti. ¡Vamos, monos a la obra!"

Comenzaron a darle cuerda hasta que la palanca llegó a su tope. La avioneta, hábilmente tripulada por Trampolín, se elevó suavemente, dejando tras de sí montes, valles, ríos, charcos y ciudades. Vistos desde aquella altura parecían una simple maqueta.

Columpio, que hasta entonces había estado silencioso con dos bultos sospechosos a la altura del gaznate, se dirigió a Trampolín con semblante preocupado.

"Ocurre algo terrible, amigo."

"Se te ha olvidado pintarte las uñas."

"No, mucho peor", contestó Trampolín.

"¡Ah, ya! Que no te tomaste las pastillas de jabón."

"No, no es eso. Se nos acaba la gasolina."

"¡Bueeeeeeeeeeeno! ¡Vaya tontería! ¿Y por tan poca cosa te preocu...? ¿¿¿¿¿Cóóóóóóóóóóómo dices???????? ¿¿¿¿¿La gasolina????? ¡Yo es que te mato! ¡¡¡¡¡Te matoooooooo!!!!! Si ya te dije yo que echándole sólo cinco duros no íbamos a ninguna parte."

"Mira, mira la aguja."

"¿Ahora te vas a poner a coser?"

"¡La del cuadro de mandos, cacho tonto!"

"¿Pasa algo cuando está en lo rojo?"

"Tenemos que hacer un aterrizaje forzoso a la fuerza, no queda otra opción."

"Haz lo que creas conveniente. Yo cerraré los ojos y rezaré. ¡Menos mal que me traje el rosario de mi abuela! Confío en ti, Trampolín. No me queda más remedio. Si salimos con vida, recuérdame que te invite a una caña."

Trampolín, con gran habilidad y una buena dosis de fortuna, consiguió posar la avioneta sobre el único grano de trigo que había entre los granos de arena. "¡Soooooooooo!", le dijo al aparato justo antes de que se detuviera.

"¿Ya hemos llegado?", preguntó Columpio.

"Estoy hecho un fenómeno. ¡Vaya aterrizaje bueno que me ha salido, ¡y eso que era la primera vez que aterrizaba! ¡Trampolín!", dijo sobresaltado Columpio. "Mira aquel campamento que se ve allí a lo lejos."

"¿Dónde las palmeras?"

"Sí."

"¿Dónde está la hoguera encendida." "Justo ahí."

"¿Dónde están los camellos tumbados a la Bartola?"

"Precisamente."

"¿Dónde están los árabes jugando al parchís?"

"Ahí, ahí."

"Pues no sé dónde dices, te lo aseguro."

"Sígueme delante."

"Vaya, qué listo. Tú siempre en la retaguardia, corno si fueras un culo. ¿Y cómo diablos conseguiremos introducimos en el campamento sin llamar la atención?"

"Déjame pensar. ¡Ya lo tengo! Simularé ser un pingüino. Lo imito de maravilla. Escucha, escucha. Cuá, cuá, cuá ¿Qué te parece, eh? ¿Doy el pego o no doy el pego?"

"¿Quieres que te diga la verdad?"

"Dila ahora o calla para siempre."

"El ruido se asemeja más al de los patos que al de los pingüinos, no es por nada."

"Bueno, quizá lleves razón; pero luego está la postura. Mira, mira cómo camino."

"¡Santo cielo! ¡Es cierto! Andas exactamente igual que ellos."

"Ya te lo dije. ¿Entonces, qué? ¿Lo intentamos?"

"Sólo hay un pequeño pero. ¿¿¿¿¿¿Qué demonios pinta un pingüino en pleno desierto, eh??????"

"Pues ahora que lo dices... Tienes razón. En ese pequeño detalle no había caído. Pues nada, acerquémonos restando como las serpientinas."

Ni cortos ni perezosos nuestros dos amigos se echaron tierra al cuerpo, perdón, cuerpo a tierra quiero decir y se dirigieron cautelosamente hacia el lugar señalado por Columpio, y ¡oh, sorpresa!, se trataba de un campamento de árabes entre los que se encontraba Karina prisionera. La habían encerrado, los pérfidos moros, en una jaula de grillos junto al canario. El pájaro la picaba insistentemente al tiempo que le decía a nuestra amiguita: "¡Fuera, fuera de aquí! ¡Intrusa, cacho intrusa! ¡Okupa, más que okupa! ¡Ésta casa es mía!" La pobrecita niña se tapaba la cara con las manos para evitar que le picase en los tobillos.

Nuestros amiguitos enseguida trazaron un plan Bimbo.

Cuando llegó la noche, las farolas se encendieron, los árabes se pusieron sus pijamitas, se lavaron los dientes, hicieron un pis y se dispusieron a dormir.

"Mustafá, métete en la cama con el osito, que si no sueñas con las pesadillas. Y dale un beso a tu padre, que tiene que estar una en todo, oye."

"Pero mama, ¡que tengo ochenta y siete años, jobar!"

-¡Taguantas! Si te hubieras muerto el año pasado como te dije, te habrías quedado en los ochenta y seis. Pero tú, "mama que yo quiero vivir otro año, que yo quiero vivir otro año..." ¡Pues toma otro año!

"¡Mama, porfa...!"

"Sin rechistar! ¡Y lávate bien los dientes que los tienes negros de restos de morcilla de cebolla!"

Trampolín se introdujo silenciosamente haciendo mucho ruido en el campamento.

"Shhhhhhhhhhhhhh. No grites, Karina. Venimos a rescatarte."

"¿Y con qué permiso, eh? ¿Con permiso de quién? Bueno, anda, ya que estáis aquí... Rescatadme pero sólo un poco."

Nuestro amiguito intentaba desesperadamente desatar la cuerda que maniataba los pies de la niña. Estaba sudando a chorros por las plantas de los pies. Temía ser descubierto. Los nervios hacían que los movimientos de sus dedos fuesen torpes e imprecisos.

"No, no se va a desatar el nudo, descuida. ¡La madre que lo trajo! ¡Total no está apretado ni ná! Por lo menos tiene cuarenta nudos. ¡Y eso sin contar los nudos! Y para colmo la cuerda, ¡es tan fina!"

"¡Pero prueba con los dientes, so inútil!"

"¡Qué narices de dientes! ¿Acaso no ves que no me queda ni uno?"

"Anda, quita de ahí, desmanotao, que eres un desmanotao. Me voy a liberar yo solita. ¿Ves que fácil? Ya está." En un abrir y cerrar de ojos, la niña deshizo con maestría el rosario de nudos. "Más vale maña que fuerza."

"¡Jo, hay que ver qué manos tienes, Karina!" Cogió a la niña de la mano y se la introdujo en el bolsillo.

"Trae la mano ahora mismo, que es mía."

"Ay, perdona. Ni cuenta me había dado, te lo juro."

Mientras tanto, Columpio había conseguido apoderarse de un camello engatusándolo con un terrón de tierra. De todos es sabido lo golosos que son los camellos del desierto del Sáhara. Montaron los tres uno encima del otro y escaparon a toda velocidad dejando una nube de polvo, que se había caído del cielo, tras de sí. Pero rápidamente fueron descubiertos por los árabes, que son muy buenos descubridores. Colón, sí, sí, Cristóbal Colón era árabe. Por eso descubrió América, por árabe.

"¡Menos mal que ya no ronca la niña, Mustafá!"

"Hay que ver, con lo pequeña que es y el ruido que hace, ¿eh, Hassan? No ronca, ruge."

"Ahora, por no hacer ruido, ni respira siquiera."

"Pues peor para ella, porque sin roncar se puede pasar pero sin respirar, chungo, chungo. "

"¡Ha escapado! ¡La niña ha escapado sin despedirse siquiera!"

"Ya me extrañaba a mí. Karina sí respira, sólo que respira lejos y por eso no la oíamos. "

Los árabes salieron en persecución de nuestros amiguitos a toda prisa, después de desayunar tranquilamente su tostadita con mantequilla y sus cereales.

Tras atravesar el cálido desierto y el gélido Polo Norte consiguieron despistar a los enfurecidos perseguidores. "¡Hasta aquí hemos llegado!", dijo Columpio.

"¡Buena observación!", dijo la niña. "Anda qué te habrás quedado calvo, hermoso..."

"¿Por qué dices eso?"

"Pues porque si estamos aquí es porque hemos llegado hasta aquí."

"No, quiero decir que no podemos continuar. ¿Cómo podremos salvar este obstáculo?" Ante el trío infantil se levantaban, imponentes, unas escarpadas montañas que alcanzaban en su cota más alta ¡el metro y medio de altura! Se vieron obligados a excavar con uñas y dientes un túnel para atravesarlas. Una vez al otro lado de la cordillera, no les satisfizo cómo había quedado la galería y volvieron a introducirse en ella para aparecer donde comenzaran a perforar.

"¡Vaya chapuza de túnel!"

"Total no nos ha salido torcido ni ná!"

"Con la buena mano que hemos tenido siempre para los túneles."

"Claro, pero así, sin regla ni compás... Yo casi que prefiero escalar a pasar por esa birria de túnel."

"Comparto por entero tu opinión. Vamos hacia arriba."

La escalada era peligrosa y difícil, pero nuestros amigos, siempre animosos, consiguieron llegar a la cima de encima tras grandes esfuerzos.

"¡Lástima no tener una bandera para hincar la como hacen los buenos!", dijo Trampolín recreándose en las maravillosas vistas que se mostraban ante sus ojos.

"Bandera no sé, pero yo lo que tengo son unas ganas de hacer de vientre..."

"Bueno, pues hala, líate con ello. Si total, el caso es dejar un recuerdo de que hemos estado aquí arriba."

Pero no terminaron ahí sus penalidades, ni mucho menos, ¡qué va! En realidad, lo verdaderamente complicado comenzaba ahora. Un águila feroz, con dientes de cocodrilo que anidaba en aquellas alturas, se lanzó en picado, nunca mejor dicho, sobre ellos; pero Trampolín, con admirable valor y sorprendente destreza, cogió la piedra con la que acababa de limpiarse el trasero y la lanzó con fuerza contra el pajarraco. Lo suyo fue una demostración de puntería. De su buena puntería, vistos los resultados. En la mismísima frente le arreó. Justo entre los dos ojos, un poco más arriba de la nariz y mucho más arriba del ombligo derecho.

"De buena nos hemos librado", dijo Karina. "Espero que en adelante sea todo más fácil."

"¿Estás cansada, bonita?", preguntó Trampolín caballerosamente.

"Un poquito", respondió Karina, "pero no os preocupéis por mí. Se me pasará en cuanto duerma un par de meses."

"¡Bravo! Así me gusta a mí. Que las chicas sean valientes", dijo Columpio.

"¿Qué pasa? ¿Es que sólo podéis serlo los hombres acaso?"

"No, mujer. Lo que yo quería decir..."

"No intentes justificarte. ¡Machista, más que machista!"

Después de descansar cinco años, iniciaron el descenso de la montaña.

"Total, no va diferencia de subir a bajar, ¿verdad, chicos?"

"Ni que lo digas, Columpio. ¿Tú qué opinas, Karina?"

"Que si utilizas un ascensor, te cansas lo mismo bajando que subiendo."

"Mujer, visto así..."

"Pues viste de otra manera, porque vas francamente ridículo."

"Gracias. Lo tomaré como un cumplido."

Fue finalizar el descenso y darse de bruces con la selva virgen con todo su misterio, con todos sus árboles y con todos sus bichos.

"¿No oís?", preguntó Trampolín mientras caminaban entre la maleza.

"Sí, esa voz me resulta tremendamente familiar. ¡Claro! ¿Cómo no la había reconocido antes? ¡Es David Bisbal! Escuchad, escuchad como mueve las caderas." "No. Es el ruido de un río seco."

"Es que los rizos de un río seco y los del Bisbal son igualitos, no digáis que no."

"Tenemos que construir una balsa de troncos y dejarnos llevar por la corriente eléctrica. Así es muy posible que encontremos algún poblado que esté poblado de pobladores."

"¡Me lo estoy pasando guay!", exclamó la niña. "Cuando se lo cuente a mis coleguis, no se lo van a creer. Les voy a decir: chincha rebiña, que a mí me han raptado y a vosotras no, hala, chincha. Yo he montado en balsa y vosotras noooo, hala, hala."

"Nuestros amigos llegaron por fin a la orilla del río y afanosamente se pusieron manos a la obra en la construcción de la embarcación. ¡Menos mal que habían traído su caja de herramientas! Sacaron sus alicates, sus clavos, su taladradora, sus sogas, su motosierra y su cola. E hicieron un pis aprovechando que tenían la cola fuera. Mas he aquí que un nuevo peligro les acechaba. Apenas habían comenzado a navegar, cuando fueron atacados por una manada de cocodrilos salvajes. Había, sin exagerar... un cocodrilo. ¡Qué digo uno! Bueno, sí, sí, era uno. Lanzó una feroz acometida que Trampolín, con admirable serenidad y varios litros de sangre fría, consiguió salvar introduciendo un palillo de dientes entre las mandíbulas del temible animal, que se quedó con la boca abierta asombrado por la valentía de nuestro amigo.

"¡Ah, este viaje parece una pesadilla! ¡Lo que faltaba, ahora se nos pincha la colchoneta! ¡Desde luego, ni que nos hubiera mirado un tuerto con el ojo de en medio!", exclamó Karina al borde de la desesperación. "Me rindo. No puedo más. Continuad sin mí, no quiero ser una carga para vosotros. Gracias por todo, amigos. Nunca olvidaré lo que habéis hecho por mí. Decidle a mis padres que les quiero, que les perdono lo de no regalarme la videoconsola en la Comunión. Y a mi hermano Fausti, que le dejo en herencia todos mis vestidos y todas mis muñecas. Venga, marchaos de una vez, que no me gusta llorar delante de la gente. Acercaos, dadme un beso de despedida."

"¡Vamos! ¿Dónde está el valor del que siempre has hecho gala?"

"Se me habrá caído al agua."

"Pues hemos de regresar a buscarlo. No podemos seguir adelante sin tu valor."

"Sigual. Ya me compraré otro cuando lleguemos a casa."

"Así me gusta mi niña, que sea valiente. ¡Pero qué cosa más rica de cría!" "Pero, ¿tú eres tonto o qué? Qué cría ni qué niña, si tengo ya ochenta años..."

"¿Ochenta? ¿Ochenta años tienes? Pues chica, si te digo la verdad..."

"Ya, ya, que no los aparento. Me lo dice todo el mundo. A ver, ¿cuántos me echabais vosotros?"

"Noventa y seis. En cuanto te vimos metida en la jaula, nos dijimos el uno al otro: Karina tiene noventa y seis años."

"Mala leche tenéis, oyes."

La corriente se hacía cada vez más rápida y la balsa corría como un coche de Fórmula Uno. Columpio, con sus grandes orejas desplegadas y los ojos brillantes, vigilaba para ver si descubría algún poblado.

"¡Allí, allí se ven casas!"

"¿Dónde, dónde?"

"Allí, allí"

"Mira, mira."

"No veo, no veo."

"¡Pero abre los ojos, Trampolín!"

"¡Ahora sí las veo! ¡Total no va diferencia a la hora de ver cosas de tener los ojos abiertos a tenerlos cerrados!"

"Mucha. Va mucha diferencia."

"Mira, Karina. Mira, rasca..."

"¿Los rascacielos?"

"No, no. Que me rasques en la espalda, ¡me ha entrado un picor! Ahí, ahí, debajo de la paletilla. Así, así. ¡Jesús, qué gustirrinín. ¿Sabes que rascas muy bien, Karina ?"

"Calla, tontorrón." Efectivamente, habían llegado a una ciudad. Locos de alegría, nuestros amigos fueron conducidos a un manicomio. Ocho años después, una vez curada su demencia, el alcalde del pueblo organizó una fiesta en su honor con patatas fritas, gusanitos y zumo de lechuga para celebrar el éxito de su increíble aventura. Y hubo lío, ¡vaya si hubo lío! Que se enrollaron, vaya. ¿Karina con Trampolín? ¿Columpio con Karina? ¿Trampolín con Columpio? ¿Los tres juntos? Pues no, señor. Estás equivocado. Fueron... No te lo voy a decir, para que te quedes con las ganas, hala.

Francisco Santos Rico