La caja tonta, ese aparetejo inofensivo...

             Llegué a casa una de esas noches de verano, de sofocante calor, en los que no apetece siquiera dormir y me senté a oscuras en el sillón. En cuanto los ojos se acostumbraron a la tenue luz de la luna que penetraba por el balcón, la vi, inmóvil, frente a mí. Allí estaba ella, callada y muda, como dormida, igual que el resto de la familia, como si fuese uno más, descansando de la dura jornada diaria... Casi sin darme cuenta comencé a mirarla fijamente. En su pantalla gris, como si de un gran ojo se tratase, se podía ver el reflejo de los muebles del salón. Pude comprobar una vez más y en mi propia casa que era cierto aquel viejo dicho impresionista de que las sensaciones que nos proporciona un lugar, sea una plaza, una escuela, un edificio o cualquier otro, depende mucho del momento del día en el que la veamos y de cómo nos sintamos. En aquel caso, el salón proporcionaba un ambiente totalmente desconocido, presidido por aquel plomizo espejo que lo reflejaba todo, incluido yo. Aún no sé por qué razón, me quedé allí sentado, pensando en aquel electrodoméstico que presidía tan majestuosamente la habitación y que, desde que yo recuerdo, algunas veces era llamado “la caja tonta”, incluso por personajes que aparecían dentro de ella misma.

A pesar de éste calificativo, su primer y sigiloso paso en este mundo fue desplazar a su más directa competencia, la radio, que comenzó a considerarse como incompleta por no poder disponer de las estampas en movimiento que tanto fascinaban y que hacían a los más desconfiados pensar en brujería, mirar por detrás y tocar la pantalla para comprobar que no había nadie dentro de aquella extraña caja. Así, la radio que durante décadas había informado y entretenido fielmente, pasó a convertirse en un medio de comunicación secundario e imperfecto. Su delito era dejar un hueco para el desarrollo de la imaginación: las imágenes. No deja de ser curioso que hasta entonces, a la hora de interpretar las noticias o las aún recordadas y adictivas radionovelas, nadie las echase en falta ya que cada uno, “se montaba su película”.

No contento con esto, el aparato que nos ocupa consiguió que prácticamente todas las familias a donde llegaba su señal se apretasen el cinturón y se endeudaran, más o menos, pagando inacabables letras para poder disfrutar de ella en casa, a solas, sin la incomodidad de tener que contemplarla en casa de algún vecino, en el teleclub o en el bar. Eso sí, nada más llegar a los hogares, se encargó de ocupar un lugar preeminente en el salón o en la sala de estar. Hasta tal punto era importante que incluso en la mesa ocupaba su propio espacio; el suficiente para que todos los comensales la tuviesen a la vista, como si de los novios en una boda o el cura en la misa se tratara. Además era frecuente que al igual que en estos ejemplos, cuando ella tomaba la palabra toda la familia callaba, mirándola embobados y sin rechistar. Aún sigue pasando. Incluso parece que si no está en marcha el ambiente nos extraña; ¡cuántas veces, poco antes de empezar la comida hemos dicho u oído: pon la tele...sí... es que parece que falta algo...! El sencillo acto de pulsar un botón viene siendo suficiente para decir adiós a muchos de los diálogos entre padres e hijos, marido y mujer o nietos y abuelos entre otros. No sabemos si esas conversaciones non natas transmitirían un conocimiento, un sentimiento, una idea, un chiste, una opinión o cualquier otra cosa, pero seguro que estamos de acuerdo en que cualquiera de las cosas que ronda por nuestra cabeza, si no sale de ahí, sirve de muy poco. Temas de interés común y problemas individuales perdieron su derecho a ser debatidos durante comidas o cenas, como se había venido haciendo desde tiempo inmemorial alrededor del fuego.

Nuestro inocente artefacto, consciente de que con noticias, corridas de toros, partidos de fútbol y algún que otro concurso y película no podía retener su poder eternamente, amplió su oferta a dos canales, el VHF y el UHF, que se traducirían en las dos cadenas “de toda la vida”: la primera y la segunda. Como a pesar de esto no era suficiente, decidió ofrecernos imágenes en color ganando así en realismo y credibilidad lo que por aquel cuadrilátero de cristal abombado salía.

Algunos años después, afianzados ya amplios rebaños de televidentes para los que ver televisión era ya un hábito, la evolución del conjunto de la sociedad, demandaba más opciones y nuestro inofensivo aparato dio una respuesta a esas necesidades con la aparición de nuevas cadenas, esta vez privadas, que comenzaron una especie de guerra por la proporción de audiencia, o como dicen ahora, por el share, que alcanza cotas que se miden en millones de espectadores. 

Telenovelas interminables, “chous-concursos”, “reality chous” puros y adulterados, escuelas rápidas de cantores-estrella y casas de... de... huéspedes monitorizadas veinticuatro horas son los resultados más exitosos. Los más numerosos y seguidos son los corrillos de cotillas, periodistas titulados o no, todos mezclados, dándole la vuelta a lo que los protagonistas de todos los inventos programáticos anteriores, ellos mismos muchas veces, hacen o dejan de hacer. Se me olvidaba que todo ello va convenientemente dividido por inacabables cuñas, en el sentido literal y pleno de la palabra, dedicadas a vendernos desde máquinas de coser de bolsillo hasta las canciones de moda para el teléfono móvil, pasando por los bienes y servicios más variados de las formas más sugerentes, aunque la publicidad ya es otro tema.

Pero igual que nos interrumpen la “suculenta” y “variada” programación, nos proporcionan algo que hacer, contribuyendo con nuestro móvil, vía llamada o mensaje, a decidir a quién nos apetece seguir viendo o “ganando” dinero respondiendo a preguntas cuya respuesta conocen hasta los cuadros del salón; todo esto, eso sí, a módicos precios que aparecen a pie de pantalla con un tamaño y a una velocidad que recuerdan a un ratón mexicano llamado Speedy González que por cierto, conocimos a través de la caja. Nadie puede escapar.

Da miedo pensar en las conclusiones que podría sacar un no-terrícola si intentase conocer nuestra civilización a través de la programación que ofrece el simpático invento.

La oferta de nuestra “caja tonta” aún sigue creciendo en nuestros días, apareciendo canales de pago, temáticos o no, que por aquello de que no son gratuitos y por ninguna otra razón, aún no se han extendido como la tele normal, que aún es gratis. Los canales regionales-comarcales-locales son los últimos que se están apuntando a intentar satisfacer al sufrido a la par que adicto televidente, al cual, créanme, cada vez es más difícil de sorprender visto lo visto. Cada vez es más la gente que se sienta delante de nuestra máquina pensando: ¿hasta dónde van a llegar hoy?. La variedad en la oferta es tal que ha surgido un nuevo deporte, el zapping, consistente en saltar de un canal a otro buscando algo que nos llame la atención. No obstante, también existen programas que nos evitan la dificultosa tarea de pensar cuál es la tecla que vamos a oprimir a continuación y el propio acto deportivo de pulsarla.

Volviendo a la relación del invento con sus usuarios tenemos que este ha provocado importantes conflictos y debates por el poder en el seno familiar, así como la puesta en duda de las jerarquías, como siempre en la Historia, por parte de los menos favorecidos. El objeto de deseo: el mando a distancia. Su aparición ya supuso una gran revolución debido al ahorro energético que se producía evitando desplazamientos y al hecho de tener la capacidad de manejar el poder en una sola mano mientras se realizaba cualquier otra acción básica para la supervivencia del individuo: comer, dormir, discutir... Otra cosa son los inconvenientes y quejas de los que aspiran a poseer el poder, que como siempre, no están contentos con lo que se les da y no se conforman con que sus peticiones sean concedidas, sino que quieren el poder, el mando, para decidir qué ven, a qué volumen, con qué color, con que contraste... Normalmente, la posesión del mando conlleva la elección subyacente de la compañía en la que se ve la televisión.

Hablando más en serio, y teniendo en cuenta que nos dirigimos a la que los grandes pensadores de nuestro tiempo están llamando sociedad de la información o del conocimiento, la televisión es un medio de comunicación no de masas, sino dirigido por unos pocos pero dirigido a ellas, cuyo papel en nuestras vidas debemos plantearnos y tener muy claro. La evolución de un medio que surge con vocación de servicio público y que poco a poco se va privatizando conlleva inevitablemente que los grupos que los dirigen, públicos o privados, busquen por un lado el beneficio económico y por otro modelen la opinión de las masas. No en vano éstas son las que le otorgan el voto a unos y las ganancias a los otros. Más allá de estas consideraciones, quizá obvias para algunos pero desconocidas para otros, lo peor es que los grupos que controlan la televisión y otros medios de comunicación, facilitan la importación de modelos de individuos y de sociedad más acordes a sus intereses o ideas de forma apenas perceptible para la mayoría de nosotros, pero tremendamente eficaz. Si nos fijamos en nuestras compras, incluso las más simples, no podremos negar que están profundamente condicionadas por la publicidad o lo que vemos en la televisión. El invento es algo más que entretenimiento. Es cómodo dejarse manejar, sobre todo si nos controlan de una manera tan sutil, que quizá aún no nos hayamos dado cuenta de ello.

Si esta situación no nos gusta, debemos poner una especie de filtro, sobre todo de cara a los niños y jóvenes, quizá los más influenciables ya que son, como se suele decir, el futuro. ¿Cómo? Es bastante fácil. Bastará simplemente con hablar, debatir, discutir, pensar sobre lo que vemos con la gente que nos rodea y no limitándonos a sentarnos frente a la pantalla con interés o sin él y absorber cual esponjas todo lo que nos ofrece sin siquiera cuestionarlo.

Si no lo hacemos, y es voluntad de cada uno, al final va a resultar que el invento que los abuelos tacharon de diabólico, al igual que hicieron los suyos con la radio o los actuales con el teléfono móvil o Internet, acabe siéndolo. ¿A quién no le apetece tomar las riendas de su propia vida?¿Ver la tele es la mejor forma de pasar ese tiempo?¿Tenemos cosas mejores que hacer? El debate comienza con uno mismo.

J. F. S.     Verano 2003.